Dedicado a Raúl,
que pertenece a esa gran familia
y ya está con Don Bosco.
y ya está con Don Bosco.
Desde los seis años yo estudié en un colegio de curas; salesiano para ser más exacto. Y lo cierto es que no guardo ningún trauma psicológico, ni me trataron mal, ni nada por el estilo. Al contrario, recibí una buena educación y hoy en día me siento muy orgulloso de pertenecer, de alguna manera, a la gran familia salesiana.
Cuando estudias bajo el modelo juvenil de Don Bosco, y lo vives tan de cerca como lo hice yo, no es de extrañar que adquieras una notable devoción a la Virgen Mª Auxiliadora. En mi caso, desde que salí del colegio aún la llevo a gala y me encomiendo a ella en los problemas. Todavía guardo en la cartera (o mejor dicho guardaba), una foto con la Auxiliadora de mi colegio trinitario y que me acompaña en todos mis viajes. Ese vínculo invisible que te une a la familia salesiana, perdura durante toda la vida, brillando, un poco más si cabe, cada 24 de Mayo.
Pero el destino, las vicisitudes diarias, el trabajo absorbente, los problemas domésticos...te van alejando poco a poco de ese sentimiento y algún día lo recuerdas con nostalgia como parte del pasado. Hasta que llega un día mágico, en el que apareces a 9.000 kilómetros de distancia de tu ciudad: en Querétaro, una ciudad moderna al sur del distrito federal, con algo más de 670.000 habitantes. Y allí, como por casualidad, tropiezas con los muros de un colegio. Un enorme colegio plagado de estudiantes de piel morena y brillante pelo azabache. En la entrada un letrero anuncia: SALESIANOS, y a la izquierda el busto inconfundible de Don Bosco.
Entonces todo se vuelve familiar y, a pesar de mis treinta y nueve años, traspaso el umbral para mezclarme con aquellos muchachos como si fuera a colocarme en fila india, con el brazo derecho sobre el hombro del compañero que precede.
Un conserje se dirige a Sonia y a mí con cara extrañada:
—Disculpen, ¿querían algo?
—Verá, somos antiguos alumnos salesianos de España y ...
El hombre vuelve la cabeza hacia atrás con la ilusión de una sorpresa.
—¡Don B! Aquí hay dos paisanos suyos- y a nosotros- pasen, pasen. Don B les va a atender.
A Don Venancio, un padre salesiano nacido en León, le llaman cariñosamente "Don B".

—¡Buenos días Don B!
Aunque su cuerpo esté encogido por el paso del tiempo, estoy seguro de que su corazón sigue siendo enorme.

Siento no haberos descrito cómo es la ciudad de Querétaro, pero me temo que me voy de ella sin conocerla en profundidad, aunque tengo la certeza de que dentro de ella existen 25.000 metros cuadrados que conozco a la perfección y de los que puedo hablaros, pues llevo corriendo entre sus columnas desde que cumplí seis años.
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