En este país lo único que se han quedado pequeño son los hutongs. Estos antiguos barrios, que se concentran en algunas zonas del centro de las ciudades, están delimitados por calles estrechas y diminutas casas de una planta que, en muchas ocasiones, no disponen ni siquiera de baños; para ello hay baños públicos distribuidos por las calles que los vecinos comparten. Imagino que esos bidones oxidados del tamaño de una garrafa de cinco litros que he visto en las puertas de las casas deben ser para emergencias nocturnas.
Si nadie lo remedia, estos
barrios están destinados a desaparecer, de hecho, en algunas ciudades como
Datong, los están demoliendo en beneficio de la construcción de un nuevo centro
al estilo de la antigua China (tal si fuera una zona de un parque temático
dedicada a Asia). Aunque en realidad estos barrios a imitación de los clásicos
tienen la función de convertirse en gigantescos barios comerciales que atraerán
a los miles de turistas locales y extranjeros, creyendo que lo que ven es el
verdadero centro viejo de la ciudad: “muy auténtico, muy chino, muy decorado”.
Nos hemos adentrado por los callejones de esos viejos y destartalados hutongs
para tratar de ver la vida real de estos ciudadanos, los cuales se han quedado
atrasados en la carrera hacia la prosperidad. El suelo es de tierra, las
paredes de las casas están construidas con ladrillos de color gris plomo. La
mayoría de las puertas y ventanas son de madera inflada de humedad con los
marcos desvencijados. Algunos de los cubículos están ocupados por talleres
artesanales donde se arreglan objetos, se trabaja la madera o el metal, se
fabrica repostería, etc. Otros son pequeños restaurantes de poca luz, manteles
de hule y sillas de madera, con una barbacoa fuera donde se asan los pinchos de
carne de cerdo, de pollo, pulpo o cangrejos de río, incluso se preparan pinchos
de huevos fritos de codorniz. En la mayoría de ellos viven sus habitantes, a
los que intuyo por la ropa tendida y las bicicletas apoyadas en los muros. Al
cruzarnos con ellos nos sonreían extrañados de ver a unos europeos por allí. Ni
hao, Ni hao (hola, hola). La dificultad de comunicación es incuestionable, pero
el lenguaje corporal es un buen sustituto en estos casos.
Sobre los tejados
inclinados de los hutongs podemos ver elevadísimas grúas en el horizonte
lejano. Se construyen cientos de rascacielos de viviendas, auténticas colmenas
de hormigón. Pienso que la intención es albergar a la población que diariamente
llega a las ciudades habiendo elevado su poder adquisitivo. O quizás lo que se
pretende es recolocar las vidas de los vecinos de los hutongs con el fin de que
abandonen sus viejos barrios en el centro y dejen paso a los nuevos y elegantes
barrios comerciales.
Merece la pena perderse por
aquí, y de esta forma sentir la amabilidad gestual de sus gentes, librándose así
por unos instantes de la modernidad atropellada de las grandes ciudades de
China.
Pedro Rojano
Pedro Rojano