Regresar a un lugar siempre tiene un riesgo para el recuerdo. Si además es un lugar que hemos mitificado en la memoria, ese riesgo se acrecienta. Porque regresar supone siempre una invasión de un terreno fantástico, de lugares que de tan recordados, parecen no haber existido, que se han forjado en la memoria con un fuego interior que ha emanado de las emociones y que después, a medida de ir relatando el viaje han cobrado una intensidad novelada. Es como cuando visitas ilusionado el marco descrito en aquella novela que tanto nos gustó, en los paisajes por donde paseó nuestro héroe o heroína. Todas las imágenes que habíamos dibujado en nuestra mente se desvanecen por el peso sólido de lo real. Para llegar a Nepal hemos hecho una primera parada en Delhi, como escala necesaria a nuestro destino final. La india nos ha traído el recuerdo de aquella que visitamos en 2007 con todos sus colores y “olores”. Hoy he asistido, probablemente un poco decepcionado, a todas esas imágenes que también percibí en aquel viaje, pero que elegantemente habían desaparecido de mis crónicas y estaban veladas en la memoria. Llegamos al aeropuerto de Delhi a las 6:30 de la mañana. Un velo espeso amortajaba a la ciudad que a esa hora ya mostraba síntomas de cansancio. Hemos vuelto a oler el aroma plastoso a podrido que recorre las avenidas ajardinadas de Nueva Delhi; la misma mierda que se amontona en los arcenes de la carretera; los escombros que protagonizan solares y edificios abandonados diseminados por cualquier calle; idéntico caos circulatorio con la voz histérica de cláxones; los tuc tucs verdes y amarillos con su chapa desvencijada y articulaciones oxidadas; los taxis TATA enanos y chillones que se cuelan aquí y allá aprovechando “la ley del hueco”; las eternas obras en construcción que parecen ya viejas incluso sin estar estrenadas; los andamios de bambú que cuelgan de las murallas del Fuerte Rojo, este año un poco más allá; los mismos meones por las esquinas mostrando sin pudor su churra negra y fláccida, niños descalzos y sucios con la ropa hecha jirones que cazan en la ciudad; hombres escuálidos con taparrabos tirados en las aceras con su cuerpo negro cubierto de polvo; el barro emplastado de las calles, el calor insoportable. La India que llevábamos en nuestro diario y en nuestro recuerdo estaba ahí también escondida tras los saris coloridos de las mujeres y en las murallas de los palacios (que siguen estando igual de descuidados), pero apenas desterraba la imagen de la otra India, la humana, la real, la que no aparece en las novelas de Marajás. Mañana viajaremos a Nepal y la fuerza de la India volverá a colorear el recuerdo, pero hoy hemos sido testigos de que el regreso es como una enorme máquina cortacésped que no entiende de emociones.
Con la ilusión de visitar nuevos horizontes, les habló Pedro Rojano.
Este año viajaremos a Asia. Un país por encima de la India y de todo el mundo, puesto que es uno de los países que albergan la cordillera más alta e impresionante del mundo: El Himalaya. Como otros años, amenazo con llevaros conmigo en la mochila para que conozcais los pequeños detalles que llaman mi atención. Os espero aquí mismo durante el próximo mes
Si te abren la puerta de un avión a 4600 metros de altura, y miras al exterior, no puedes imaginar que pronto vas a estar ahí fuera planeando como un pájaro. Aunque para ser más exactos debo decir que el pájaro realmente planea, pero tú caes a una velocidad de 190 kilómetros por hora. La sensación más parecida es la de estar buceando en el cielo, de ahí viene la expresión inglesa "skydiving".
Un día después aún te queda una sensación de estar cayendo todavía, de no haber puesto los pies en el “puto” suelo, pero supongo que poco a poco irá desapareciendo al igual que lo hicieron todos mis temores cuando Jonno (mi instructor) y yo, posamos suavemente nuestro apreciado trasero en el suelo del aeródromo de La Juliana, cerca de Sevilla.
Había amanecido soleado, con 100% de visibilidad –como diría un piloto- y sin nada de viento. Nada hacía presagiar estas condiciones meteorológicas, pues durante toda la semana llovió copiosamente. En el aeródromo el tráfico era intenso. Nuestro avión, parecido a un carguero de tropas militares con dos motores de hélices y el color de un cuervo, recién aterrizaba solo con el piloto a bordo, el resto de la tripulación caía desde el cielo haciendo piruetas increíbles. Uno tras otro se fueron posando como copos de nieve. Era un alivio contemplar la seguridad de su aterrizaje, el control sobre la dirección y velocidad del paracaídas. Fue el primer respiro antes de firmar un papel que nos pasó una amable señorita en el que Antonio Romero y yo pudimos leer que "asumíamos el riesgo de muerte o invalidez que llevaba aparejado la práctica de este deporte… etc, etc, etc” dejamos de leer la extensa página de letras pequeñas y firmamos como dos auténticos capullos. “No hay nada que temer” decía la chica, “va a ser la mejor experiencia de vuestra vida”, pero el comentario era insuficiente para colorear de nuevo la cara de Antonio que tenía un tono blancuzco pálido, como un yogurt natural pasado de fecha.
Durante diez minutos, con un castellano-english tipo moranco, Jonno, un inglés joven, despreocupado y simpático, nos dio una charla en la que nos explicó las sencillas instrucciones que debe seguir el alumno antes, durante y después del salto. Escuché atentamente, ¡más me valía!, pero os puedo asegurar que si bien eran sencillas de memorizar, se me olvidaron todas quince minutos y 4600 metros de altura después.
Jonno se ayudaba en su explicación de un cartapacio de varias hojas plastificadas con fotos en las que mostraban a dos modelos (chico y chica) que representaban todas las posturas que debíamos memorizar para repetirlas en el salto. En las fotos la chica era la alumna y os puedo asegurar que, porque iban vestidos de paracaidistas, porque en otro contexto aquello no era recomendado para menores. Yo, hice la gracia, y comenté que nosotros ya habíamos hecho todas aquellas posturas, pero siempre en el lado del instructor. Jonno no entendió la broma y continuó con su explicación. Decidí no hacer más chistes.
Cuando ya estábamos listos con nuestro equipo de salto bien colocado, os ahorro la espera –yo me la tuve que tragar-, nos dispusimos en el final de la pista a la espera del avión que regresaba de soltar a otros diez o doce locos por el aire. Subimos al cuervo y despegamos. Yo iba sentado delante de mi instructor, a horcajadas sobre un banco paralelo a otro donde íbamos sentados trece personas. El avión iba tomando altura con su ruido ensordecedor. En ese momento no piensas en nada, tratas de recordar las instrucciones para que todo salga bien, miras por la ventana y comienzas a ver los campos de cultivo cada vez más pequeños, como retales de tela.
A tres mil metros de altura abren la puerta corredera hacia arriba y entonces soy consciente de la locura que estoy a punto de cometer. Te preguntas ¿pero cómo voy a salir yo por esa puerta? Quieres gritar, pero te das cuenta que ya es tarde, prefieres no pensarlo. Cinco de los que iban delante nuestra se preparan en la puerta y se lanzan sincronizados, es muy divertido verlos desaparecer en menos tiempo del chasqueo de los dedos, como si en un coche a cien kilómetros a la hora sacas un papel por la ventanilla y lo sueltas. Piensas, “pronto sabré lo que siente el papelito”, después asocias, “¡Qué papelito!” Pero no puedes rendirte, ya estás a cuatro mil metros de altura, le chocas la mano a tu compañero, al instructor, al cámara que va a grabar mi cara de pánico cuando no tenga nada donde agarrarme, es como una despedida, venga, lo que sea por no pensar. Cuando el avión alcanza los 4600 metros alguien dice “¡Ahora!”, y tira de nuevo de la puerta.
- Pero, ¿no podemos dar otra vueltecita? -murmuras.
¡Venga vamos!, tu instructor te empuja hacia la salida, y no puedes dejar de mirar hacia el suelo miniaturizado y escandalosamente alejado. Ya estás en el borde, no recuerdas ninguna de las posturitas, los ojos no se despegan de esa delgada línea que puede ser... ¿una carretera? El instructor lucha con mis músculos para colocarme en la posición correcta, el cuerpo colgando hacia fuera, las manos cruzadas en el pecho, la barbilla levantada ¡JODERRRRRRR! ¡Ni se te ocurra mirar hacia abajo! El viento te golpea helado en la cara que la debo tener más blanca que un payaso entartado. ¿Piensas en algo? No lo sé, no recuerdo en qué pensaba, no podía separar mi vista del suelo a pesar de las manos del instructor que me agarraban la barbilla. En ese momento había perdido la noción de donde estaban las partes de mi cuerpo: brazo izquierdo, pierna derecha... los huevos debían estar justo debajo la barbilla, por eso no la levantaba.
¡Una, dos tres!
¡AHRGGGGGGGGGGGGGG! ¡POR CASTILLA, POR ENRIQUEEEEEEEEE! Como gritaban los soldados buscando el Unicornio en la novela de Eslava Galán.
Cuando caes, la adrenalina sube mientras tu cuerpo va exactamente en sentido contrario, pero pasa enseguida, de repente notas como si la gravedad no existiese. El suelo permanece igual de lejos y con tus brazos abiertos te sientes flotar, el horizonte curvado de la tierra es suave como un melocotón y dejas de tener miedo. Eres como una vela en un velero, completamente hinchada y avanzando hacia no sé qué expresión, todas las que se me ocurren son demasiado cursis, pero es algo así como “es increíble que yo esté aquí” dominando el cielo con las manos y los pies (claro, y un instructor pegado a tu espalda como una pegatina en relieve).
A los sesenta segundos el instructor te da unos golpecitos en el hombro y ahora sí te acuerdas de que esa es la señal para que vuelvas a poner los brazos en cruz sobre el pecho. De repente notas un fuerte tirón, como si Dios te hubiese cogido por la espalda, y te quedas colgado en el aire, ¡Ay, qué alivio! Todo va más despacio entonces. Ahora sí aprecias cómo la tierra va escalando hacia ti. El instructor mueve el paracaídas con maestría hacia izquierda y derecha, después lo hago yo, es divertido controlar el vuelo como los pájaros. A setenta metros del suelo la caída se hace más apreciable, pero Jonno tira de las cuerdas hacia abajo y extiendo las piernas hacia el frente. La velocidad es tan lenta como en una hoja de papel en el momento de tocar el suelo.
Para llegar a la cresta del cerro de Eyüp, uno de los barrios más sagrados de Estambul, atravieso el viejo cementerio que se derrama por la ladera hasta el Cuerno de Oro. Allí encuentro un inspirado café con inmejorables vistas de la ciudad. A la sombra de una arboleda se intercalan mesitas de madera vieja que habrán sido testigos de declaraciones de amor, de tertulias templadas, partidas de backgammon, de negocios arriesgados, propuestas inconfesables o de alguna mano subterránea, y ahora los son además de un turista jadeante. Así lo disfrutó Pierre Loti, un novelista francés del siglo XIX que eligió este café como lugar de inspiración para escribir varias de sus novelas románticas. No conozco el nombre anterior, pero ahora, como es natural se llama “Café Pierre Loti” y en su interior puedes encontrar una tienda de souvenirs donde además es posible adquirir algunas de sus novelas en varios idiomas (también en castellano). Después de curiosear en la tienda y hojear las páginas de “Aziyadé” a la búsqueda de alguna descripción fetiche que autentifique este lugar, me siento en una de las mesas junto a la barandilla, y vuelvo a hipnotizarme con la silueta de la ciudad. Es casi medio día y hay demasiada luz, pero aún así la gama de colores sigue siendo nítida. En el fondo, los minaretes de las mezquitas se alinean en un desfile de espadas al aire, tan diferente de los rascacielos que se pueden ver a la izquierda. El camarero es perezoso, lo atribuyo al exceso de propinas a que está acostumbrado, le llamo varias veces, le veo incorporarse lentamente de su taburete y acudir con desgana a mi mesa. —¿té turco o coca cola? —resume la carta de bebidas en dos opciones. —¿tiene cerveza? —le pregunto a pesar de que intuyo su respuesta. Niega con un meneo de cabeza. — Pues tráigame un té, pero muy frío por favor.
Estambul es una ciudad con dos horizontes: uno pasado y otro actual, uno que mira a Oriente y otro con un pie y medio en Europa. Una ciudad que a pesar de su esfuerzo por occidentalizarse sigue manteniendo un aire nostálgico por un pasado otomano que subyace en sus habitantes, aunque la revolución de Ataturk haya procurado archivarlo bajo el polvo de la historia. La arquitectura renovada y moderna que se alinea junto a las orillas del Bósforo contrasta con los barrios de callejones angostos junto a la mezquita de Suleymaniye donde se comercia al más puro estilo asiático y puedes encontrar desde una tela de sari hasta el último modelo del Iphone. Oriente y Occidente sobre un mismo tapete, con desigual abanico de naipes; los turistas a un lado, seducidos por el comercio barato y excéntrico mientras el pescador estambulí, vestido con ropas sin color, permanece sobre su puesto sobre el Gálata, indiferente a la invasión diaria de su territorio pero alerta a la más mínima tensión en el extremo de su caña. En el centro de esa dualidad se extiende el Bósforo, cuyas intranquilas aguas separan los continentes, al menos en su geografía, y el oleaje provocado por el tráfico de los transbordadores, cargueros griegos, petroleros rusos, cruceros europeos, remolcadores… constituye una acertada metáfora de esta ciudad, siempre en movimiento, a caballo entre varias culturas y permanentemente inconformista. Puede que eso la haga aún más hermosa, el saber que aquí nada está terminado del todo, que cualquier cambio es posible; que a pesar de su historia riquísima y milenaria, cada día se escribe sobre las aceras y los muelles, y es posible imaginarte impreso en una imagen o un texto que enriquezca su perfil puntiagudo. Desde Málaga, contando los días para el próximo viaje, les habló Pedro Rojano.
Siempre pensé que la llegada del Ramadán, que nos queda tan lejos a pesar de estar tan cerca de Marruecos, era motivo de tristeza para los Musulmanes, pues eso de que no podían comer durante un mes es algo que a mí particularmente no me hace ni la más mínima gracia. Un presentador del telediario anunciaba la noticia y yo me imaginaba a todos los musulmanes del mundo atiborrados de comida para aguantar un mes. El día que comenzó el mes de Ramadán (con periodicidad de un año menos una semana) coincidimos en Safranbolu con un matrimonio valenciano, viajeros de mochila y con 55 años, que han viajado bastante por zonas de mayoría musulmana. Nos explicaron que los musulmanes en Ramadán cuando no pueden comer es cuando hay luz del sol, es decir que cuando llega el ocaso, ya están preparados, tenedor en mano, para hincarlo en un buen plato de albóndigas o Kebba o lo que sea que no sea cerdo. Durante el día se mantienen con frutos secos y agua; y por supuesto nada de alcohol, tabaco o sexo. Nos dijeron que los turistas debían tenerlo en cuenta porque los restaurantes suelen cerrar durante el día o apenas tienen existencias, como pudimos comprobar. Estuvimos todo el día visitando el pueblo y cuando el sol se escapó tras la colina, todo se quedó en silencio y desierto. Nosotros nos quedamos un poco perplejos ya que se paró todo el tráfico, en la calle no había rastro de gente y en los comercios, aunque abiertos e iluminados, no se percibía movimiento alguno. Fuimos a los baños turcos y estaban abiertos pero ni había clientes ni nadie que nos atendiera, incluso llegamos a entrar en las dependencias, pero todo el mundo había desaparecido. Parecía que estábamos en la versión turca de “Abre los ojos”. Poco a poco comenzamos a fijarnos mejor y vimos que dentro de los establecimientos el personal estaba reunido alrededor de una mesa y habían sacado las fiambreras y los termos y comían animados. Nosotros tuvimos que irnos a la habitación del hotel sin nuestro proyectado baño turco, a compartir una lata de atún con unas patatas fritas que casualmente habíamos comprado el día anterior. El Ramadán es toda una fiesta que se vive durante un mes y se disfruta plenamente junto con los amigos, los compañeros de trabajo y la familia. En Estambul se han engalanado las calles y se han cubierto las mezquitas de luces blancas que emiten mensajes para los fieles. A las ocho de la noche, los parques de Sultanahamet (junto a Santa Sofía y la mezquita azul) se llenan de grupos de gentes que aprovechan el césped para extender los manteles de picnic donde todos aportan sus guisos y manjares para compartir. Me recuerda a un domingo en el campo o en la playa, cuando no queda ni un huequito para poner la toalla. La luz está por todos lados, de forma que parece que sea de día y se puede apreciar felicidad en las caras de los estambulíes musulmanes, nada de la tristeza que yo imaginaba. La mezquita azul era un hervidero de fieles que entraban en masa para rezar, algunos debían hacerlo fuera por carecer de espacio, siempre en dirección a la Meca. Yo evité mirar hacia la meca porque para un español es altamente peligroso, pero de reojo contemplé las series de inclinaciones de los fieles, y aunque no soy musulmán, me entraron ganas de rezar allí mismo para que a mí también me quedase un mes de vacaciones. Desde Estambul, a falta de un día para que se nos acabe lo bueno, les habló Pedro Rojano, Salam Aleikum
En su camino hacia el mar negro, las rutas de comerciantes propiciaron el nacimiento de algunos pueblos que poco a poco se convirtieron en enclaves fundamentales para el comercio. Uno de ellos, situado en las montañas del norte de Turquía es el pueblo llamado Safranbolu, cuyo nombre (con “n” antes de la “b“) proviene del azafrán. A pesar de la sistemática y tozuda occidentalización de Turquía después del nacimiento de la República, de la que ya hablaré en otra crónica, este lugar supo mantener la arquitectura que constituye una de las características más peculiares del Imperio Otomano. Las casas, con estructura de madera y paredes de piedra, tienen unas ventanas alargadas y estrechas con contraventanas de madera. La segunda y tercera planta son más grandes que la planta baja por lo que la casa tiene unas vigas exteriores de contención oblicuas que la mantienen. Estas casas repartidas por una colina empinada que se asienta sobre tres cañones naturales, y unidas entre sí por un laberinto intricado de calles empedradas, conforma un paisaje “alpino” más propio de un cuento de Andersen.
Hemos tenido la suerte (y el dinero) de quedarnos a dormir dentro de una de estas casas que está adaptada como casa de huéspedes. Por dentro, los suelos y escaleras de madera, las paredes blancas con vigas visibles del color del roble, las alfombras cubriendo el piso, las cortinas blancas con adornos de croché, los armarios empotrados, contribuyen a crear esa imagen ilusoria de que estás en la casa de Caperucita Roja. Es obligatorio quitarse los zapatos en la entrada y caminas descalzo por toda la casa hasta llegar a tu habitación. En el interior también hay salones de techos bajos con la calidez necesaria para apreciar un rico te amenizando la charla o la escritura de esta crónica. Lo que llevamos peor es la ducha, pues se trata de un armario pequeño al que se accede subiendo una escalera de tres peldaños que desemboca en un cubículo: cuando cierras el armario, allí te quedas con tu ducha de teléfono en la mano, solo te falta la percha.Lo más interesante de este lugar es contemplar el paisaje de casas e imaginarse las orillas del Bósforo repleto de estas mansiones de madera. En Estambul se quemaron casi todas engullidas por los incendios y la herrumbre del olvido. Abandonadas por ser demasiado otomanas, demasiado diferentes del hormigón occidental. Al menos nos queda Safranbolu para recordar cómo eran, y por supuesto los cuentos infantiles de princesas y manzanas, pastores mentirosos o grotescos patitos.
Desde el salón de una casa Otomana, les habló Pedro Rojano, a punto de probar los afamados baños y masajes turcos.
Siglos antes de la llegada de Jesucristo, los pueblos agrícolas y ganaderos de La Capadocia excavaron en el suelo refugios para huir de los enemigos que les atacaban. Podían vivir allí durante días y semanas gracias a ingeniosos sistemas de ventilación a través de chimeneas. Lo fascinante es que esos refugios llegaron a ser tan grandes como para albergar a toda la aldea, y por dentro son auténticas ciudades formadas por numerosos habitáculos que unen estrechas y bajas galerías, las cuales ascienden a la superficie o descienden aún más abajo.
La ciudad subterránea de Derinkuyo, una de las más visitadas por las excursiones de turistas, tiene hasta 20 plantas bajo el suelo, aunque solo se permite la visita a las ocho primeras: creedme si os digo que es suficiente, porque a medida que desciendes por esos túneles tu miedo va creciendo proporcionalmente. La sensación que tienes es de estar en un hormiguero gigante. Cuando llegas a una planta en la que te puedes poner de pie, compruebas que en las esquinas se inician nuevas galerías y accesos a otras plantas y habitaciones, por lo que es difícil hacerse una idea de las verdaderas dimensiones. Las paredes son de roca oscura con rugosidad de cincel, al tacto están húmedas y terrosas.La ciudad de Derinkuyo, que visitamos a la vez que cuatrocientos treinta y cuatro turistas de autocar, disponía de un letrero en la entrada que decía: SE ADVIERTE DEL PELIGRO QUE SUPONE PARA PERSONAS CLAUSTROFÓBICAS, CON PROBLEMAS CARDÍACOS o RESPIRATORIOS. Pero la mayoría de los turistas lo ignoran y entran, por eso a mitad de camino encuentras siempre alguno con cara colorada que trata de salir por la galería de entrada. El interior de la cueva tiene una luz de un amarillo débil y proviene de unos plafones de barcos, de esos que se ponen en las casas para encenderse cuando se va la luz, colocados a lo largo de las galerías y estancias. Eso facilita mucho la visita, ya que con antorchas, velas o linternas es mucho más tétrico, como comprobamos después.
Sonia y yo recorrimos cada pasillo, cada túnel y cada habitación, pero como nos quedamos con ganas de más, al llegar al pueblo de Guzelyurp, nos fuimos a visitar la ciudad subterránea de la que nada dice nuestra completísima guía. Al llegar, un niño de corta estatura, ojos claros y dientes separados, nos acompaña, pero nosotros le decimos que preferimos visitarla solos. El chico pone cara de no entender bien, no sabemos si es porque no sabe hablar Inglés o porque le sorprende nuestra valiente decisión. Más tarde averiguamos que el chaval entendía inglés perfectamente. Allá vamos Sonia y yo con nuestros frontales en la cabeza al estilo minero. No se ve un pimiento y hay que andar con mucho cuidado para no tropezarse con las paredes, menos mal que llevamos linternas. Agachados comenzamos a descender por las galerías (no hay otra forma), y mentalmente vamos memorizando el recorrido ya que no hemos traído miguitas de pan. La caverna está completamente vacía: emocionantísimo si no piensas en cómo vas a salir de aquí. Continuamos avanzando planta tras planta, en un de ellas a nuestra derecha se abre un hueco de rampa que no llega al suelo, por eso tenemos que saltar cuando resta un metro. Suponemos que habrá otro camino para salir porque no podremos volver por este. Esta nueva sala es bastante grande y comprobamos que tiene idénticas distribuciones de las que habíamos visto en Derinkuyo: la zona del comedor, otra para guardar el grano, otra para prensar la uva… En la pared descubrimos aliviados un cartel que dice (CIKIS / SALIDA) pero no hay ninguna flecha que indique (¡¿POR DONDE?!) No existe ninguna otra galería a derecha o izquierda. Únicamente comprobamos que en el suelo hay un agujero negro cuya profundidad no nos aventuramos a calcular, deducimos que sería el pozo por donde sacaban el agua, pero el cartel de salida está justo encima del pozo (¡Arghhhhh!). Sonia y yo nos miramos contrariados justo en el momento en el que el niño de los dientes separados hace su entrada saltando desde la galería por donde habíamos entrado, nos mira con cara de esto-ya-lo-sabía-yo y nos señala el agujero del suelo diciendo ¡Exit, here exit! (Salida, por aquí)
- ¿¿¿QUEEE??- contestamos Sonia y yo con cara de minero novato. El chaval sonríe y se agacha junto al pozo extendiendo la mano: EXIT, HERE!
Me decido a hacerle caso y comienzo a bajar por el pozo ayudado por unos huecos que se alinean a lo largo de la pared para apoyar los pies y las manos. Desde el interior puedo ver con mi linterna que serán unos dos metros de bajada. Abajo solo hay un tubo horizontal en el que cabes tan solo en cuclillas, al final de ese tramo, compruebo que hay otro pozo, pero esta vez hacia arriba. Me pongo de pie, miro hacia arriba, calculo tres metros, me agarro a los huecos y empiezo a escalar, Sonia está justo detrás de mí. Una vez arriba una rampa de unos cinco metros en la que hay que avanzar como un topo para llegar a una habitación que ¡tiene luz solar! Cuando estamos fuera el chaval se despide levantando la mano y con la cara de “adiós-espabilaos”.
Al llegar al hotel aún tengo la duda si estás ciudades se utilizaban como refugio o eran auténticos zulos de tortura.
Desde un hotel de Goreme, construido con ladrillos (nada de excavar en la roca) y con ventanales por donde entra mucha luz solar, les habló Pedro Rojano, el minero arrepentido.